Dólmenes de Corinto y la Cueva del Duende

Estas notas forman parte de un estudio sobre arte rupestre que el autor realiza para la Dirección Nacional de Investigación en Cultura y Artes de la Secretaría de Cultura.
A unas cuantas cuadras de la célebre cueva del Espíritu Santo, en Corinto, Morazán, dentro de una finca privada, comienzan a surgir los megalitos. Consisten, en general, en una enorme roca sobre otra enorme roca.
Con frecuencia tienen la forma de gigantescos huevos de dinosaurio. Algunos tienen restos de pigmentos como los de la cueva mencionada, así como un paredón cercano. En general comparten una característica, la piedra superior se apoya en dos puntos, dejando un vano al centro.
Si bien sus dimensiones varían, tienen un promedio de unos dos metros de altura y su longitud puede alcanzar los cinco metros de largo por uno de ancho. Hallamos primero dos dólmenes (llamémosles así por extensión), custodiando una piedra de grandes jorobas como burbujas. Se alinean de mayor a menor y la piedra más grande, de perfil, semeja una cabeza humana. Más adelante se alinean en diagonal tres dólmenes con una roca de considerables proporciones. Uno de los dólmenes, que el guía llama “el zapato”, es, observado de perfil, una especie de cetáceo o un barco zarpando que se ha internado ya más de dos metros en el océano del aire. Aislado y al margen se encuentra el hongo, cuya ancha copa achaparrada reposa sobre un rollizo tronco. Depasa los dos metros de altura y sugiere la ingesta de hongos alucinógenos con fines rituales. Otro megalito aislado consiste en una alta y estrecha roca sostenida por otra menor, como una cuña. Vista de perfil, semeja asimismo un hongo. Otro dolmen da la idea de una gárgola rupestre.
Se ha interpretado que estos megalitos son obra del azar, rocas sobre rocas depositadas por un antiguo lago al extinguirse, pero esto no nos parece posible. Tanto las precisas alineaciones como el patrón de los dos puntos de apoyo, que el guía, don Argelio Álvarez, nos ha hecho observar, sugieren la intervención humana. Fernando Umaña, por su parte, nos hace ver que esa interpretación carece de lógica, que es como decirnos que rocas de varias toneladas estuviesen flotando. Si acaso hubiera podido moverlas un formidable terremoto, del cual no hay huellas, o un tsunami, fenómeno poco verosímil en un lago de altura.
Los restos de pintura en estas rocas (y el autor de estas líneas alcanzó a ver un hombrecillo similar a los de las cuevas, hoy borrado), hace pensar que fue un centro ceremonial. De haber sido obra de la naturaleza, el pueblo que las honró las ha de haber imaginado obra de los dioses.
Unos pasos más allá encontramos la Cueva del Duende, que tiene tres claraboyas, de la cuales la primera tiene la forma de una pelvis. Más sorprendente aun, su interior posee simetría axial (una mitad siendo similar a la otra), y evoca a grandes rasgos entrañas femeninas. Es como si entrásemos al útero. Dos cavidades laterales pueden corresponder a las bolsas de ovarios. Más allá la cueva se estrecha y vuelve a abrirse dando lugar a una cavidad más estrecha y elevada que correspondería a la vagina. Nacimientos de agua dejan caer riachuelos a manera de líquido amniótico. Hay una cavidad en el “útero” de la cueva que escapa a la geometría axial. Es un hueco a mano derecha donde cabe el guía acurrucado y es el “lugar donde duerme el duende”. Con todo, sospechamos que tanto paralelismo no es obra de la naturaleza, que también aquí una antigua tribu intervino para completarla. Es posible que exageremos al atribuir a nuestros remotos antepasados tales conocimientos de anatomía, aunque podemos imaginar que los hubiesen adquirido gracias a los sacrificios humanos, frecuentes en las sociedades primitivas. Pero, de todas formas, la cueva ha de haber despertado en sus mentes una de las más antiguas ideas de la humanidad, el retorno al vientre de la Madre Tierra, la muerte como un nuevo nacimiento.
Pero, sea obra humana o prodigio de la naturaleza, creemos que el estado debiera adquirir estos terrenos que son dignos de atención tanto para científicos como para el público en general y que complementan el ya de por sí formidable atractivo de la Cueva del Espíritu Santo.